Hambre y enfermedad crónica: peligrosa combinación en Venezuela

Jun 28, 2018

Tres testimonios de pacientes evidencian la calamidad que se vive cuando una condición de salud frágil y la dificultad para comprar comida se juntan  

Francisco Zambrano

@franzambranor

“A veces la caja lo que trae es harina y granos, yo no puedo comer nada de eso, lo tengo contraindicado”, dice Edith Hernández, quien padece de rectocolitis ulcerosa
Foto: Abrahan Moncada

Tres historias distintas, pero con sendos puntos de convergencia: enfermedad crónica y carestía de alimentos. Tres tragedias particulares que simbolizan el actual acontecer del país presidido por Nicolás Maduro, una nación donde según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi), 64,3% de las personas perdió un promedio de 11,4 kilogramos en 2017.

Pedro, Larry y Edith quizás no se conozcan, pero los une una simple y llana meta: seguir viviendo y con calidad. Los tres deben someterse a un régimen alimenticio adecuado a sus respectivas condiciones, pero la inflación y escasez de comida les bloquean el acceso al bienestar.

Segun Henkel García, director de Econométrica, la inflación en mayo de 2018 se ubicó en 99,2%, mientras que el poder de compra del salario mínimo cayó en 94,2%. Por su parte, el Fondo Monetario Internacional prevé un alza de precios de 14000% para este año y un descenso del Producto Interno Bruto de 15%

El trío se encuentra en ese 70,1% de la población que no le alcanza el dinero para adquirir alimentos sanos y balanceados y en ese 79,8% que se ha visto obligado a comer menos, a juicio de la Encovi 2017. Sus historias pudieran ser la de cualquier venezolano que hoy sufre los embates de la crisis. Sin embargo, las de ellos se agravan por tener una salud frágil.

Pedro Hernández (74 años, Parkinson)

“En nueve días bajé 3 kilos”

En la casa número 10-06 de la calle Panadería en Los Frailes de Catia, un veinteañero abre la puerta e invita a esperar un par de minutos mientras su papá sale de la habitación. Después de un breve lapso, un hombre con bastón y pausado caminar se acerca a la sala y pide a los visitantes tomar asiento. Con un brazo casi imposibilitado, Pedro Hernández se acomoda como puede en el sofá y empieza su tertulia; es en esencia conversador y “echador de broma” según su hija Elsy, pero el Parkinson que padece desde hace tres años le ha restado vitalidad.

Hernández trabajaba como taxista en la Clínica El Ávila, hasta que un episodio encendió las alarmas. “Me di cuenta que estaba perdiendo la fuerza y me costaba levantar la pierna para frenar. Antes de causar un accidente, entregué el carro y me retiré, poco después me dio un ACV”, dijo. “Me pegó haber dejado mi trabajo, toda mi vida he trabajado, todavía me siento competente, yo me paraba a las cuatro de la mañana todos los días”.

Padre de cinco hijos, dos de ellos asesinados por la delincuencia, Hernández ha visto como la calidad de vida en su hogar se ha venido a menos.

“No se consigue el medicamento, tengo ocho meses sin tomarlo. Antes lo daba la Farmacia de Alto Costo del Seguro Social en Los Ruices, pero ahora te dicen que llames al 0800-SALUD y es una calamidad para comunicarse”, aseveró.

Aunado a los intensos dolores en las articulaciones que le causa el haber dejado de consumir la medicina para su enfermedad, Pedro debe lidiar con la escasez de comida en su casa.

Acostumbrado a hacer mercado y encargarse de los oficios de hogar, ahora tiene que conformarse con la bolsa de Clap, lo que le traigan sus hijos o consiga en los abastos aledaños.

“Esas bolsas lo que duran son tres o cuatro días y de paso están viniendo fallas, la que recibí el otro día no trajo aceite. Antes ponían varios tipos de granos, ahora solo viene un paquete; ponían dos kilos de arroz, trajo uno solo; la pasta vino falla; una leche que es mala, eso no sirve, se deshace; no trae café y menos azúcar”.

“Yo pesaba 95 kilogramos, me pesé el pasado 29 de enero y estaba en 63 kilos, el 8 de febrero pasé a 60 kilos, en cosa de nueve días bajé 3 kilos”

Hernández asegura que ha bajado de peso de una manera acelerada, especialmente en los últimos meses. “Yo pesaba 95 kilogramos, me pesé el pasado 29 de enero y estaba en 63 kilos, el 8 de febrero pasé a 60 kilos, en cosa de nueve días bajé 3 kilos”.

Indicó que en su más reciente consulta médica, el neurólogo lo consiguió con desnutrición.

“Me mandaron a comer hígado, yo no puedo comprar eso. En los últimos exámenes de sangre que me hice tenia los valores demasiado bajos, la hemoglobina en 12, cuando uno la debe tener en 14”.

En la casa de los Hernández se come una o dos veces al día. “Nos estamos comiendo una comida que nos mantiene, pero no nos alimenta”.

El paciente de Parkinson no tiene una dieta específica, pero debido a la salivación constante, la disfagia (dificultad para tragar) y el estreñimiento debe evitar alimentos secos y con poca fibra. Especialistas recomiendan ingesta de frutas, verduras y cereales integrales.

Además del Vía Crucis que padece con las medicinas y la comida, la vida de Pedro ha estado marcada por la violencia e inseguridad.

“Aparte de ser taxista, pasé 20 años manejando camionetas de pasajeros, dejé de hacerlo porque me robaron la camioneta, me amarraron y amordazaron, me iban a matar porque uno de los delincuentes le dijo a otro ‘vamos a buscar un sitio pa’ dale’. Se orillaron en el hombrillo de la autopista y aproveché que aparecieron unos recogelatas para saltar de la camioneta, a ellos les debo la vida. Dios y la Virgen me dieron una segunda oportunidad”.

Hernández perdió dos hijos a causa de la inseguridad, uno de 17 y otro de 28 años. “A los dos para robarlos, a uno para quitarle los zapatos”.

Está claro que el resto de su descendencia, poco puede hacer para procurarle un mejor presente.

“El mayor vive en Los Rosales y tiene tres niños pequeños, no tiene cómo ayudarme, qué puede ganar un chofer de Metrobús”, se pregunta.

Pese a que no percibe una salida inmediata a la crisis, Hernández no pierde la esperanza de recuperar su vida. “Si en 20 años no han hecho nada, menos ahora. El gobierno no está haciendo nada por los enfermos crónicos como yo, la situación del país la veo caótica. Tampoco veo el futuro negro, lo veo gris, tenemos que buscarle una solución a esto. Hemos esperado tanto, el ánimo no lo he perdido ni la fe tampoco. Mientras haya vida, hay esperanza. Siempre oro y pido: Señor mío ten piedad y misericordia de Venezuela y del mundo entero, porque Venezuela está mal y el mundo entero también”.

Haciendo un esfuerzo casi sobrehumano, Hernández ha asistido a las concentraciones de pacientes crónicos en reclamo por la escasez de medicamentos. “Y lo voy a seguir haciendo mientras tenga vida, el clamor de la gente es extraordinario”.

Larry Zambrano (45 años, trasplantado renal)

“A veces abro los anaqueles y solo hay arroz, yuca y papa”

De buen humor, hospitalario y siempre echando un cuento, Larry Zambrano abre las puertas de su casa en el sector La California de Macarao, con el mismo entusiasmo con el que toca los timbales. Músico y administrador de profesión, a Larry la vida le dio un vuelco de 180 grados cuando en noviembre de 2014 se sometió a un trasplante renal. “Mi mamá, dos primos y un tío fallecieron por la misma causa, estuve en diálisis por siete meses, en ese período no hubo recuperación y ahí nos decantamos por la opción del trasplante. Mi hermana menor, que por cierto se fue del país con su esposo y dos hijos, fue la que me donó el riñón”.

Posterior a la cirugía, Larry recibió los inmunosupresores correspondientes al tratamiento post operatorio por año y medio, pero luego de ese período el suministro se paralizó en la Farmacia de Alto Costo de Los Ruices.

“Estuve un año completo sin recibir uno de los inmunosupresores, he tenido tres rechazos celulares por falta de medicinas”.

Apelar por la caridad de sus semejantes y salir a protestar a la calle son las únicas opciones que posee de momento.

“Pero esa solidaridad ya se está agotando porque todos estamos en las mismas condiciones”, comenta.

No posee los recursos suficientes para adquirir medicamentos en el exterior. “En Colombia cuesta 16 mil pesos un solo fármaco, 350 dólares otro, antes se podía hacer un esfuerzo familiar porque el dólar estaba en 70 mil, hoy en día es imposible”.

A Larry, los médicos que lo ven le pusieron una dieta estricta, un régimen que deben cumplir todos los trasplantados de por vida, unas órdenes que empezó a cumplir y al cabo de un par de años echó por tierra, consecuencia del alto costo de la vida, escasez e insuficientes ingresos.

“Supuestamente debería comer pescado, pollo, todo bajo en sal, frutas como manzanas y peras, tomar agua mineral, pero cómo hago si no tengo para nada de eso, no se puede porque todo es inalcanzable”, dijo quien hasta 2016 laboró en el Metro de Caracas y un cambio de gerencia lo dejó sin contrato.

“También tengo que cuidarme porque soy de azúcar alta, me gustaría comer frutas con frecuencia, pero no se puede, con fortuna me tomo un cafecito en la mañana”.

Larry no recuerda cuándo fue la última vez que se comió una ensalada. “Si no me alimento bien los valores se me alteran y eso puede ocasionar otro rechazo celular, tengo miedo de perder el trasplante”.

“Supuestamente debería comer pescado, pollo, todo bajo en sal, frutas como manzanas y peras, tomar agua mineral, pero cómo hago si no tengo para nada de eso, no se puede porque todo es inalcanzable”
“Hay veces que abro los anaqueles y solo hay yuca, arroz y papa, se come lo que hay, algunos sábados salimos en familia a comprar lo que se puede y nos toca hacer cola, qué vamos a hacer”.

A Larry no solo le importa su salud, también la de su esposa Raiza Martínez, a quien le diagnosticaron cáncer de mama. Aunque ya está fuera de peligro, debe ingerir una pastilla que tampoco se consigue.

“Ella trabaja en un colegio que cerrará en julio de este año, a la dueña no le sirve mantenerlo porque la gente no paga y los docentes se van”, afirma.

Además, están sus hijos Robert, de 22 años, y Ronmer, de 19. “El mayor estudia ingeniería mecánica, el menor está recién salido de bachillerato y espera por un cupo en la escuela de Medicina de la UCV, pero ambos tienen planes de irse del país, quedaríamos entonces mi esposa y yo buscando qué hacer”.

No le ha pasado por la mente coger unas maletas y montarse en un avión o un autobús a cruzar la frontera. “Si aquí se nos hace cuesta arriba conseguir un trabajo por nuestra condición, imagina en otro país”, dijo quien de vez en cuando trabaja en una papelería.

Larry sueña con volver a vivir los tiempos de esplendor musical en Venezuela, cuando le llamaban para tocar con Maelo Ruiz o Tito Rojas. “Eso se acabó, ya para acá no viene nadie”.

A pesar de todo, Larry no baja la guardia. “La lucha es constante y diaria, primero por la salud y segundo porque soy padre de familia y tengo que mantener la casa”.

Está negado a afrontar la posibilidad de que haya un rechazo al órgano. “Si pierdo el riñón que me dio mi hermana, se va parte de mi vida, porque tengo que estar cuatro horas al día, tres veces a la semana pegado a una máquina, ningún empleador te va a dar trabajo así”.

“Yo no veo una luz que indique un posible cambio”, reflexiona Zambrano. “Si seguimos como estamos, no veo mucha esperanza para nosotros. solo nos queda confiar en Dios, es una situación triste”.

Edith Hernández (59 años, Rectocolitis ulcerosa)

“Me mantengo comiendo arroz blanco”

Al final de la avenida Bogotá en El Cementerio, una mujer de pelo teñido agita la mano en la terraza de una casa. “Es aquí, es aquí”, grita para ser divisada. Posterior a atravesar la puerta de acceso y subir unas empinadas escaleras, sentada en la sala, Edith Hernández junto a su hermana Xiomara transpira hospitalidad, agradece la visita y se alista para disparar las frases que rondan en su cabeza luego de dos años de protesta por la escasez de medicinas y alimentos.

Tanto fue el empeño de Hernández que en 2017 optó por crear una Fundación con un grupo de pacientes de rectocolitis ulcerosa, enfermedad que padece desde 2005 y que le ha trastocado la existencia.

“Soy la presidenta de la Fundación Voces de Enfermedades Ulcerosas Intestinales, la rectocolitis es una condición que se manifiesta con diarrea, cólico y fiebre. Es crónica y si no se toma un tratamiento adecuado puede conducir a un desenlace fatal”.

A raíz de este padecimiento, Hernández debe de tener una alimentación específica. De lo contrario su cuerpo empieza a colapsar lenta, pero inclementemente.

“Mi alimentación tiene que ser sana, baja en grasas y en harinas. Muchos jugos naturales cocinados”.

Edith vive en Cúa, pero pernocta dos o tres días a la semana en casa de su hermana en El Cementerio en vista del rol que le ha tocado ejercer en las manifestaciones de calle en la capital.

Reconoce que no posee la capacidad económica ni siquiera para comprar frutas. “Me mantengo comiendo arroz blanco, porque el pollo, ni la carne se pueden adquirir, mucho menos el pescado”.

Tanto Edith como su hermana afirman que a veces les toca depender de la bolsa Clap entregada eventualmente en la comunidad.

“Las primeras bolsas tenían 17 rubros, ahora vienen entre 12 y 14. Regularmente incluye harina, arroz, pasta, aceite y un atún. Aquí vivimos seis personas y eso alcanza es para dos semanas, estirándola y comiendo menos cantidad”, sale al paso Xiomara.

“Me mantengo comiendo arroz blanco, porque el pollo, ni la carne se pueden adquirir, mucho menos el pescado”.
“A veces la caja lo que trae es harina y granos, yo no puedo comer nada de eso, lo tengo contraindicado”, interviene Edith.

Asegura que con la mensualidad que le depositan correspondiente a la pensión no puede adquirir ni un cartón de huevos. “Cómo hago dieta con esa plata, no puedo comprar nada”, recalca.

A raíz del irrespeto involuntario de su régimen alimenticio, Hernández ha tenido varias recaídas.

“Si como algo que no debo me da cólico, recientemente me recetaron hidrocortisona porque no podía de la inflamación y el dolor”.

Afirmó que desde 2005, fecha en que le diagnosticaron la enfermedad, pudo mantener una alimentación adecuada hasta hace dos años, época en la que comenzó el colapso.

“En aquel entonces hice mi tratamiento porque se conseguían las medicinas y la comida, actualmente no puedo”.

Hernández afirma que a las personas con rectocolitis ulcerosa se les hace difícil mantener un empleo. “Hay que someterse a un tratamiento biológico parecido a la quimioterapia. Nos descompensamos, tenemos que pedir reposo y estar en cama, es la única forma de recuperarse”.

Dijo que los pacientes con esta enfermedad deben tomar mesalazina y azatioprina, dos medicamentos donados con regularidad hasta hace un par de años por la Farmacia de Alto Costo del Seguro Social. “En todo 2017 no hubo inventario, esos fármacos son sumamente caros y la mayoría no tenemos para costearlos. En la fundación somos 7 mil pacientes con esa necesidad, nuestras vidas están en riesgo, tenemos derecho a la salud”.

Sostuvo que el gobierno “no lava ni presta la batea”. Pararon el suministro de medicamentos y se niegan a aceptar ayuda humanitaria de otras naciones.

“Las donaciones constituyen la única forma de paliar la escasez, no me cabe en la cabeza por qué el gobierno se empeña en bloquear el ingreso de medicinas a Venezuela. Ni teniendo el dinero para comprarlas esas medicinas se consiguen aquí”.

Cartas al ministro de salud, Luis López, reuniones con representantes del gobierno, marchas, concentraciones y “plantones” a las puertas de instituciones públicas constituyen la agenda semanal de Edith y el resto de los afiliados a su fundación.

“Si la única manera que nos paren es salir a la calle, entonces lo seguiremos haciendo. Ya tenemos dos años en esto. Le pido a Dios que esta situación se acomode porque si sigue así, ninguno de nosotros va a quedar para contarlo”.

Pin It on Pinterest

Share This